Emprendedores
Alto Valle Destilería: del gin al brandy de pera con identidad patagónica
En el corazón productivo del Alto Valle, donde la pera es símbolo de identidad y motor económico, nació una idea que combina tradición europea, conocimiento autodidacta y vocación emprendedora. Se trata de Alto Valle Destilería, el proyecto encabezado por Jean Luca Di Battista, productor y abogado, que decidió agregar valor a la fruta familiar transformándola en un brandy artesanal de alta calidad.
Di Battista explicó, en Realidad Económica que, lo que comenzó en 2021 como un gin con impronta regional —incorporando pera y manzana como botánicos distintivos— evolucionó hacia un producto más sofisticado: un destilado elaborado íntegramente a partir de peras Williams y Red Bartlett.
La diferencia no es menor. Mientras el gin parte de un alcohol de cereal previamente destilado al que se le agregan botánicos, el brandy exige comenzar desde la fruta misma.
En el caso de Alto Valle Destilería, el proceso incluye fermentación natural de la pera, doble destilación en alambiques de cobre y posterior maduración en damajuanas de vidrio. El resultado es un aguardiente frutal puro, donde el protagonismo absoluto lo tiene la materia prima.
“El rendimiento es bajo. Para obtener 10 litros de destilado necesitamos aproximadamente 400 kilos de pera”, explica Di Battista.
Uno de los rasgos más distintivos del emprendimiento es la técnica de hacer crecer la pera dentro de la botella. El procedimiento comienza en octubre, cuando el fruto apenas mide dos centímetros. En ese momento, la botella se coloca directamente en la rama del árbol y se fija para que la pera crezca en su interior. Meses después, cuando alcanza su tamaño definitivo, se corta la rama y se completa el envase con brandy.
La práctica tiene antecedentes en la tradición monástica europea —donde era conocida como “eau de vie”, agua de vida— pero no tenía desarrollo comercial en Argentina. En el Alto Valle encontró condiciones ideales: peras con altos niveles aromáticos y una fuerte identidad regional.
La producción ha crecido de manera gradual: Primera temporada: 10 botellas; segunda: 60; y la última cosecha: 300 unidades. Cada botella es numerada y parte de una edición limitada.
El emprendimiento comercializa dos versiones: una clásica sin fruta en el interior y otra edición especial con la pera encapsulada. Ambas comparten el mismo destilado, aunque la segunda implica un proceso mucho más complejo y prolongado. El desafío actual no es técnico sino estructural. Tras haber amortizado la inversión inicial, el proyecto busca escalar volumen y alcanzar estándares de habilitación que permitan ampliar mercados e incluso proyectar exportaciones.
“Queremos posicionar al Alto Valle como región productora de destilados”, sostiene Di Battista.
En un contexto donde la fruticultura enfrenta dificultades estructurales, iniciativas como esta muestran un camino alternativo: agregar valor en origen, apostar a la diferenciación y construir marca desde el territorio.



