Economía

Perspectivas para la economía 2019

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Desafíos mayúsculos 

La inflación futura está en franco descenso y seguramente en 2019 sea la mitad de 2018, pero todavía será elevada, a pesar de la contracción monetaria y fiscal.
Para las empresas se presenta un año difícil en el frente laboral, seguramente el salario real caerá menos que en 2018, cuando claramente las paritarias y mucho más los salarios informales y las jubilaciones retrasaron mucho frente a la inflación.
El frente financiero de la economía se encuentra atravesando una paradoja: mientras que los préstamos al sector privado crecen a una tasa anualizada del 26%, los depósitos se expanden al 40% anual. Así, los bancos achican su negocio tradicional y funcionan como el brazo ejecutor de una política monetaria que, lejos de solucionar el problema de fondo, va cambiando el nombre del asunto: Lebac, Lecap, Lete y, ahora Leliq. Todos instrumentos que, tarde o temprano, dan cuenta del principal problema que enfrenta la economía argentina: la tasa de interés doméstica necesaria para convencer al mercado de apostar al peso es tan alta como insostenible. El factor estructural que determina esa inconsistencia es la absoluta desregulación de la cuenta capital. Pero el acuerdo con el fondo suma a este factor estructural uno de carácter coyuntural: la prohibición para el Banco Central de intervenir en el mercado de cambios ante una (futura) corrida. Es decir, entre 2016 y 2017 tuvimos una cuenta capital desregulada pero con un Banco Central con capacidad de intervenir; sobró capacidad, pero faltó pericia. A partir del acuerdo con el FMI, no solo tenemos absoluta desregulación de la cuenta capital, sino un mercado de cambios libre, puesto que el ancho de las bandas y el mínimo volumen de intervención en el techo dan por resultado un mercado de cambios libre de facto.
He aquí la principal paradoja de 2019: podríamos encontrarnos ante un Banco Central que tuviera los dólares necesarios para pasar un año electoral sin sobresaltos, pero sin autorización para utilizarlos. Haciendo números: las necesidades de dólares por parte del fisco para 2019 es de unos u$s28.100 millones; las fuentes de financiamiento alcanzan los u$s39.054 millones. Por tanto, al fisco le sobran unos u$s10.954 millones que seguramente volcará en el mercado de cambios para contribuir a ampliar la oferta de divisas. Al mismo tiempo, el banco central acaba de ampliar el “swap” con China por unos u$s8.600 millones. Sumado al excedente del fisco, ya tenemos casi unos u$s20.000 millones que podrían ser utilizados para frenar la corrida. Si la cuenta capital se configurara como lo hizo en el mes de octubre, el déficit anualizado se ubicaría en los u$s21.000 millones, con lo cual el Gobierno estaría en capacidad de atravesar la campaña electoral sin sobresaltos en el frente financiero.

Complejidades de un año electoral
A pesar de lo expresado anteriormente, existen dos factores de riesgo que podrían perturbar ese panorama de tranquilidad y que, desafortunadamente, hoy lucen como el escenario más probable.
El primero es el nivel que alcance el déficit de la cuenta capital. Si se toma en cuenta que en 10 meses de 2018 la fuga de capitales alcanzó los u$s26.000 millones, el excedente de dólares por parte del gobierno comienza a transformarse en déficit. Pero, además, se debe tener en cuenta que el programa oficial prevé una apreciación del tipo de cambio real para 2019, lo cual contribuye a fortalecer la demanda de dólares. El segundo es, como ya dijimos, la negativa del FMI a que el banco central pueda intervenir para administrar el tipo de cambio ante un evento disruptivo, ya sea externo o interno. A todo esto hay que sumarle un mundo absolutamente inestable producto de la guerra comercial entre China y EEUU.


La lectura que se hará de la recuperación prevista para el año próximo no será ni lineal ni homogénea. Los indicadores de crecimiento interanual seguirán siendo negativos durante buena parte del año para muchos sectores


La recesión por la que atraviesa la economía argentina lleva ya nueve meses. Los indicadores mensuales de actividad –tanto los oficiales como los privados– coinciden en situar el inicio de la fase recesiva a partir de marzo/abril, cuando se empezaron a hacer palpables los efectos de la campaña agrícola 2017/18 seriamente afectada por una sequía inusual. Como consecuencia, los pronósticos de crecimiento, que hasta entonces giraban en torno a +3.0%, fueron ajustados a la baja y las nuevas expectativas se situaron entre +2.0% y +2.5%.
De concretarse los pronósticos de cosecha, al revertirse la pérdida de la campaña pasada, el sector primario será uno de los que liderará la recuperación, mostrando tasas de recuperación interanual de dos dígitos. Pero habrá otros, incluso de mayor peso en la economía, que mostrarán una tenue recuperación (como el sector comercio y servicios) o que sólo dejarán de caer (como el sector industrial).
Así que la lectura que se hará de la recuperación prevista para el año próximo no será ni lineal ni homogénea. Los indicadores de crecimiento interanual seguirán siendo negativos durante buena parte del año para muchos sectores. Serán los datos desestacionalizados los que darán alguna información de que la recesión llegó a su fin. Pero la dispersión sectorial generará dudas sobre la misma existencia de la recuperación y de que lo peor haya quedado atrás.


Por Fernando Schpoliansky

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